Saturday, August 8, 2015

Cabanga

 
 
 
 

Cabanga.
 
No sé qué tiene la cabanga  que la comes y te da por suspirar.
La primera vez que  la comí fue en la casa de mi abuela Marcelina.  Estaba acabadita de llegar de Santiago para vivir un año en su casa lejos de mi madre, mi abuela y mi hermana, con quienes había compartido lo largo de mis 11 años de vida.
La comí pedacito a pedacito, intrigada por el dulce amargor de los oscuros bocaditos, pensando si no serían las lágrimas que corrían por mis mejillas la causa de este sabor.  Hubiera preferido comer huevitos de leche, pero no quería rechazar los intentos de mi abuela de hacerme sentir bien.
-Venga  para acá, mi monterianita- la voz de mi abuela tenía  el mismo timbre dulce amargo de la cabanga. 
Dejé escapar un  hondo suspiro entrecortado y, aliviada, dejé el pedazo de dulce  a un lado, limpié mis ojos con el borde de mi falda y los concentré en la no tan familiar figura que tenía enfrente.
Habíamos venido pocas veces a visitarla, porque en aquellos tiempos duraba una eternidad viajar de Santiago a La Chorrera, donde ella vivía.  Tal vez por eso mis recuerdos eran vagos.  Lo más probable era que  siempre que veníamos  a visitar, mi hermana y yo, no teníamos tiempo para andar  tomando nota de los adultos,  solo para jugar y corretear  por la casa de la abuela.
Pero ahora,  era distinto.  Venía para quedarme y quién sabe por cuánto tiempo.
Para mis ojos de niña, mi abuela era como una montaña,  grande y llena de nieve en la cima distante. Tenía unos ojos que  brillaban detrás de los anteojos.  Sus mejillas  eran dos montoncitos sonrosados  y cuando se reía, lo cual hacía a menudo, la carcajada le movía todo el cuerpo, cosa que no dejaba de asombrarme porque nunca había visto a una persona reir con tal intensidad.
-Mira, para que te alegres un poco, te voy a enseñar un arte que me enseñó mi mamá y que estoy segura  te va a encantar- dijo la abuela, a la vez que procedía a abrir una lata de metal que descansaba en su regazo.
Por un momento me olvidé de la cabanga y me quedé extasiada al ver el contenido de la lata.  Ristras de perlas de varios tamaños,  esferas  y cristales en variados diseños,  gusanillos de metal, alambres, ganchos y peinetas para el cabello. 
-Vas a aprender a hacer tembleques.  Esos hermosos adornos que lucen las empolleradas en su cabeza.  ¿Te gustan los tembleque? _silenciosamente asentí- Ya verás lo fáciles que son de hacer.  Vamos a hacer tembleques para la pollera de gala, que son todos blancos.  Comenzaremos por un diseño sencillo para que aprendas y luego iremos construyendo los más complicados, como mariposas, flores.  Después, cuando hayas aprendido, te dejaré que  inventes tus propios diseños.  Pero primero ve y lávate las manos y la boca, que las tienes todas embarradas de cabanga y en cuanto regreses, nos pondremos a hacer tu primer tembleque.

Los ojos de mi abuela sonrieron y, no sé por qué,  el dulce-amargo  tono en su voz al igual que el sabor en mi boca desaparecieron para dejar lugar a la pura dulzura de los huevitos de leche de mi memoria.
Me olvidé de la cabanga y me puse manos a la obra.
Tantos años han pasado. 
Estoy lejos de mi patria,  ya me olvidé de hacer tembleques y también de los  huevitos de leche.
Y es extraño, pero ahora, me ha dado por comer cabanga.
(suspiro)
 
Tembleques
 

 
Canelo
 
 
Sandra Collazos McPherson
Dallas, TX August 8, 2015